sábado, 27 de noviembre de 2010

Cicatrices

Mi ciudad está viva. La noto respirar, crecer, gritar por su vida, pasearse con los gatos en los callejones, dolerse el alma, hacer de tripas corazón con lo que ve todos los días en sus calles, retorcerse con las heladas en los amaneceres sin rayos solares, dejarse querer y maldecirnos.

Mi ciudad viva está cambiando. Abierta en canal a través de las vías del ferrocarril que antaño la recorrían, se construye desde hace meses en su trazado un nuevo boulevard (que en la afoto del Diario asegurará a su finalización, aunque no hace falta, la mayoría absoluta del Pepe) y dejan las obras a mi humilde parecer un paisaje de guerra después de la batalla y la parte sur de la ciudad como una península unida al continente por pequeños pasillos de 

Mi ciudad viva soporta sobre su piel el incivismo de pintadas, suciedades o rotos que dejan menores, animales varios y ciudadanos modelo. En mi ciudad hay cicatrices maquilladas de relucientes baldosines; las mismas siete u ocho plazas y calles abiertas una y otra vez por el ayuntamiento para mayor gloria de la cuenta de resultados de las principales constructoras de la ciudad y provincia.

Con un uso cuerdo de los recursos no debería ser posible la idea de zaherir continuamente el cuerpo de la ciudad que habitamos, para levantar las mismas calles una y otra vez hasta más allá del infinito y dejar el resto de barrios sin un parque en condiciones y empapados en asfalto.


A nuestra ciudad viva, siguiendo esta ilógica del empedrado como terapia, quieren remodelarle el paseo de la isla, uno de sus lugares más emblemáticos para adoquinarle la piel y abrirla a la modernidad con un casi puerto para pescadores aficionados, en un afluente de un río que visita uno de sus flancos. Su coste de 3,8 millones de euros costeados por la UE han sido vagamente desglosados y explicados, mucha lana para poco traje.
El alma de mi ciudad al igual que su piel, está llena de cicatrices. Pero son invisibles y suelen pasar desapercibidas. Para curar el alma se requieren más atenciones que levantar la misma calle dos o tres veces por año. De velar por el alma de mi ciudad se ocupan organizaciones sin ánimo de lucro o voluntarios que ofreciendo su tiempo desinteresadamente, necesitan del dinero de las instituciones públicas para poder desarrollar su labor de sanadores de almas y ayudar a gentes con toda clase de cicatrices: sin techo, con problemas de salud, sin trabajo, con algún tipo de deficiencia, que no pueden valerse por sí mismas, etc. Y hasta la llegada de la crisis, aunque siempre escaso, el dinero para realizar esta labor llegaba.

Con un razonamiento lógico podrían dejar de levantar calles que no lo necesitan por atender como se merece el alma de nuestra ciudad. Pero a lo que parece las prioridades son otras cuando vampiriza el mono del ladrillo y la cultura perenne del pelotazo continúa hegemónica en la agenda de ciertos políticos y empresarios. Así que lo que se sigue llevando en el Consistorio de esta ciudad de este planeta en crisis, es continuar utilizando el presupuesto de todos para levantar calles de cicatrices incurables, en lugar de curar las del alma. Cuestión de prioridades.

Y por eso a nuestra ciudad le duele el alma y maldice su suerte.

2 comentarios:

  1. Mucho me temo que a esta ciudad y a todas las demás. Que las cicatrices son demasiadas para curarlas a pesar del esfuerzo de esos valientes. Pero al fin que sería sin aquellos que nos curan el alma.
    Hermosa y trágica entrada de tu blog.

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