martes, 12 de octubre de 2010

Cuando la ciudad duerme. (Sálvese quien pueda)

Cuando la ciudad duerme y uno piensa en los tiempos que vienen, no puede evitar inquietarse. No por los sonidos de la noche y sus silencios, latido cotidiano y reconfortante del mundo que habito. Sino por los gritos del día, los titulares, los desfiles, la hipocresía, los incendios y el miedo apoderándose de la gente. Veneno que no pareciese encontrar modo de ser curado, ni diques.
Como dice el señor Caine en Batman, a veces hay personas que disfrutan viendo el mundo arder y ahora así pareciese. Demasiada gente interesada en ver arder el mundo. Millones de personas tratando de correr al mismo tiempo hacia la pequeña puerta de salida de un edificio en llamas "sálvese quien pueda y maricón el último". Y esta crisis que todo lo agudiza ha puesto más en solfa (mayor sostenido) las contradicciones humanas, la verdadera piel que nos viste. Otra muesca del cargador de la pistola del (victorioso) discurso único. Otro escalón en nuestro descenso a los infiernos, en la jubilación a los 185, en la jornada laboral de 24 horas y 365 días, en la ansiedad en vena.
Entonces, en la mesa 17 del Gran Casino, alguien hace girar la ruleta rusa de las deslocalizaciones: hoy en mi ciudad mañana también y cuando vayas a currar sólo habrá un solar donde debería estar tu taquilla y desorientado vomitarás la hipoteca y sangre y no sabrás emprender tu nueva vida con tu antiguo yo, encañonado desde que tenías uso de sinrazón por la siesta placentera que te inyectaban en las rebajas del Zara y que contemplabas cada noche zapeando en desgracias que te aseguraron, nunca te alcanzarían. Hasta que lo hicieron y los sonidos de la noche se convirtieron en afiladas cuchillas de afeitar que se filtran hasta tu alma convertida en girones, desguazada, lista para ser empaquetada al INEM, gran cementerio de elefantes.