lunes, 27 de junio de 2011

3. Su presencia


La luz.

Tu luz.

La que suspendida alrededor de tí me secuestra (cuando te miro) transportándome a mundos inabarcables, mientras tu pelo ondulando enrededor va llenando la habitación y te dibuja un aura como de ser divino.


Es muy extraño mirarte en esos instantes, todo se detiene en ti, se me atora tu nombre en la garganta, y no puedo pronunciarlo de lo que hiere su hermosura las veces que ha salido por mi boca. 


Por eso si logro nombrarte, lo hago bajito, en susurros, como un beso de ala de mariposa que te alcanza.

sábado, 25 de junio de 2011

2. Nuestro lenguaje


La luz. Su luz. La que suspendida alrededor de ella desprende cuando la miro mientras me besa; y una constelación de sensaciones imposibles de explicar a un mortal acuden a mi boca, mi cabeza, mi cuerpo y mi alma.

    Yo soy sólo un trozo de carne a la brasa cuando no está cerca para abrazarme o para intercambiarnos palabras de amor, -el lenguaje nuestro-, que hemos ido desarrollando a lo largo del tiempo que siempre nos parece escaso, que nos damos como un doctor que cura con mimo a su paciente. Y así, curados con el amor que creamos, salimos de nuevo a nuestros quehaceres, más vivos, más únicos, más NOSOTROS.


miércoles, 22 de junio de 2011

1. Su luz



Luz.
La de ella,
cuando pasa por mi lado y no veo otra cosa.

Cielo.
El nuestro,
en el que viajo todos los momentos que compartimos.

Aire.
El que respiramos,
cuando en nuestro abrazo no cabe siquiera un suspiro.

jueves, 16 de junio de 2011

IV. La tela de araña

A pesar de ser consciente de todo a cada momento y conservar su inteligencia intacta, se enreda en hilos invisibles que ella misma teje en los desvelos de Penélope que espera a Ulises -aunque éste no ha de volver-, cortándole la respiración de espectadora pegada a un cristal que no es capaz de romper para intervenir en nada de lo que en su vida acontece.

Igual que al principio no va a construir una vida junto a él y las pocas caricias  que él dejó caer como un barman sirviendo un cubata cualquier sábado por la noche, han emigrado quizá también a la Guerra de Troya. No puede sin embargo vencer el sentimiento que la hace diminuta, ni la condena sin posibilidad de condicional que ejerce la tela de araña en que se haya atornillada.

¿Qué hacer con ese amor que ha tenido desde que lo conoció y ahora yace inútil entre las entrañas que se abrían para recibir su sexo?

Ese amor enfermizo que aún perdura y ese sexo asimétrico que se ha marchado se conjugan para alargar sus noches y no dar descanso. Para ser sólo espectadora de su vida tras el cristal y de las manecillas del reloj de su cuarto que se juntan y se separan mecánicas como la relación cuando fue, pero ya dejó de ser.


La araña se regodea con la presa y la seca poco a poco, lentamente, como un árbol que se deshoja en otoño.

miércoles, 15 de junio de 2011

III. El sexo


Latigazos paroxismo de placer y adoración, como de descargas eléctricas en ella, cuando sus caderas se embestían mutuamente o se le doblegaban ante las acometidas de él, frías de corriente ártica, huecas como un túnel sin tránsito... 

Cuando lo que él viene a saciar se verá anulado tras eyacular.



Pero ella lo sabe. Sabe que sólo puede esperar ese trueque prostituido y asimétrico de su cuerpo por unos minutos acelerados. 

En la espera implacable del verdugo más competente y capacitado, que viene cuando termina cada polvo a cortarle la cabeza que arrojará al cesto de las cabezas que nunca se encuentran.


martes, 14 de junio de 2011

II. Satélite

La mañana pasó como una baldosa fría y plana, y ella resbalando, pasaba las horas lo mejor que podía. No podía quitárselo de la cabeza, sabía y sentía que su futuro no estaba ahí, pero no podía vencer la atracción de satélite que la dominaba.


Terminada la mañana lo mismo le hubiera dado tumbarse sobre un colchón de fakir, el daño físico parecía reservado a los seres conscientes y ella no lo era desde la primera vez que yacieron. Sabiendo que él venía a buscar menos de lo que ella le daba, mientras ella esperaba otra cosa, algo más, un mundo nuevo a su lado. Tal vez entre sofocos y jadeos él aprendiera a valorar algo más profundo, pero lo profundo para él sólo estuvo en el sexo penetrándola. Nada más allá. Así de duro, así de prosaico.

lunes, 13 de junio de 2011

I. Un clavo ardiendo

Se despertó más temprano de lo que le correspondía sin que hubiese sonado el despertador. Lavó a propósito sus tristes grandes ojos negros como un gato, dejándose el resto de la cara para esquivar el mordisco del agua fría.  Aunque no había salido el sol llegaba bastante claridad y no necesitó encender la luz de la cocina. Tener más tiempo para todo antes de ir al trabajo lejos de prestarle más tranquilidad para planificar nada, le dejaba una inmensidad para acariciar sus bultos por debajo de la piel, invisibles pero reales, y marchitarse un poco más antes de salir a su rutina.

Si su memoria no le engañaba el reloj de arena no estaba tan vacio por arriba. Untó una tostada de mantequilla. La ley de Murphy hizo que tuviese que tirar una tostada untada a la basura y fregar el suelo. Pensó que si él se había marchado... no encontró excusas para apuntalar nada mientras se pasaba las manos por las caderas de una falda que estrenaba con la esperanza de que le subiese un poco el ánimo. Cuando compró aquella falda se sintió irresistible, él tendría que fijarse, con aquel envoltorio tal vez lo reconsiderase todo.

No quedaban ni clavos ardiendo a los que asirse.

Ese clavo ardiendo de jueves por la tarde no surtía efecto el viernes por la mañana y él era tan estúpido que nunca se había fijado en sus faldas salvo para mirarle el culo, y no iba a empezar a hacerlo con otros ojos ahora. Ahora que ya no le importaba ni para echar un polvo.