sábado, 29 de diciembre de 2012

Confesiones de un aprendiz de homicida de dinosaurios

nos engañaron

pero la culpa no fue nuestra en exclusiva, quizá fuese nuestra corta edad -el tiempo del acné y los primeros besos es demasiado confuso para apuntalar las grandes cuestiones de la vida-. 

¡estudia! nos decían o no llegarás a nada, era seguro que tras los exámenes aprobados vendría el más brillante porvenir. pero (por)-venir nunca vino, y dejó estos lodos:

no servimos más que como profesores particulares, limpiadores de superficies diversas y reparte tarjetas de bares contando con avidez monedas de a menos de euro para pisar la siguiente baldosa amarilla en busca de la mera supervivencia en el estado del bajoestar.

matamos dinosaurios con tirachinas disparando al aire y el aire devuelve bilis y pisotones.

desahuciados de nuncajamás los niños perdidos buscamos trabajo con cotizaciones a la seguridad social. terminamos por envidiar los que siempre juramos no realizar porque tienen nómina y contrato indefinido como el de nuestros padres que tuvieron el valor de gritar en las calles derechos que nosotros aún no hemos disfrutado.

nuestra necesidad de espacio vital y una vida propia choca con un muro de hormigón armado de presa hidroeléctrica.


presente desperfecto difuso 
futuro perfecto inalcanzable

ebrios algún sábado por la noche, 
calados hasta los huesos las tormentas 
de lunes por la tarde, 
cruzando en rojo los semáforos,
adictos a los actos cotidianos 
donde nunca aparecerá Peter Pan 
nos encontramos la realidad:

la cola del INEM,
una ciudad pintada de azuloscurocasinegro
y la tentación de un avión 
que nos saque de esta mentira que se hunde
en lo más profundo del océano.