martes, 9 de julio de 2013

Porqué el mundo no necesita a Superman

Me intrigó ese título en el artículo con el que Lois Lane gana el Pulitzer en la peli que Brian Singer hizo en 2006 (Superman returns). Peli que por cierto he pensado desde el momento en que el gran Dani Alonso me aconsejó que viese, tiene una dosis de amor mayor que otras sobre superhéroes que haya visto. Y por eso de vez en cuando vuelvo a verla. Ahora es cuando se escucha el castañeteo de dientes de los puristas de los comics.

El título del artículo es lo único que se sabe. Hay texto, pero es ilegible. Si yo fuese Lois y tuviese que escribir ese artículo tal vez sería así:


¿Necesitamos realmente un Superman o Superwoman?¿Alguien que ponga orden entre tanto desorden, que nos zurza los calcetines o termine las tareas pendientes de una humanidad que se empeña irremisiblemente en meterse en todos los líos que puede? No tenemos a ningún superhéroe y la humanidad continúa con su existencia. Es posible la vida sin Superman. Aunque el cuadro general del planeta sea desalentador nos empeñamos en nacer, crecer y reproducirnos -jamás hubo tantos humanos-. Pero incido en que el mundo vive una hecatombe continua. No voy a vomitar una sopa de cifras sobre las desigualdades, el hambre, las enfermedades. Vivimos el peor momento de nuestra humanidad. O al menos su grado de deshumanidad atenta contra nuestra mera supervivencia. A pesar de ello dudo mucho que la existencia de este superhéroe nos hiciese mejores.

No necesitamos a alguien superdotado que arregle nuestros problemas, la gente siempre está esperando que un Hollande o un Papá Noel cualquiera les saque las castañas del fuego. Debemos salir de nuestra burbuja y mejorar todo lo malo que sucede si queremos que mejore. Lamentarse no sirve de nada y Superman ni está ni se le espera. 

He olvidado qué era

Hay una cosa pequeña, casi invisible, muy frágil, apenas perceptible, apenas del tamaño de un susurro que la noche del sábado volviendo de casa de Dani y Ana me parecía fundamental.

He olvidado qué era.


Trato de hacer memoria y pongo en orden los recuerdos de esa tarde y esa noche:
los ecos de la tarde noche del Parral, incluyendo un polvo (empezaba a olvidar el sabor del sexo),
la risa de Lía (que aflora a veces, aunque llora siempre que me ve como si fuese una alarma antiaérea y yo un grupo cerrado de bombarderos Yunker JU 87), 
las calles empapadas de noche (volviendo a casa a esas horas de una lluvia invernal que ha tenido la osadía de secuestrar a un mes de junio que parece vaya a irse por los desagües también),
el recuerdo de los calcetines de Marina (-y sus pantalones azules abrazándolos por donde entran los pies- que esa noche hacían compañía a algunas botellas vacías de cerveza sobre la mesa de Ana y Dani),
mis bolsillos (siempre llenos de demasiadas cosas y el extraño consuelo que siento cuando introduzco mis manos),
los brazos de la noche (extrañamente sin demasiado frío acariciando mi carita y mi pelo, regalándome una sensación de buen rollo con el mundo que ningún número ni palabra será capaz de describir nunca. Nunca),
pensar que al fin "un sábado voy a llegar pronto a casa" (y terminada de recitar mentalmente encontrarme los rizos de Blanca y su necesidad de conversación -imprescindible- que nos lleva al garito más cercano y oscuro, con las paredes escritas de frases de socorro y otras menos necesarias.)

y el bolígrafo -a veces Bic, a veces no Bic- y el pedazo de papel (que siempre llevo en el bolsillo por si encuentro un minuto entre algún bar que cierre cuando ha vuelto la luz del día) para dejar constancia de esto tan importante que no soy capaz de recordar.