viernes, 12 de mayo de 2017

Sus lunas nuevas y los bandidos de Sierra Morena

Me trataban de convencer una vez que cuando miramos a los ojos de alguien siempre reparamos la atención, exclusivamente, en uno de los dos ojos.
Creo que consiguieron sugestionarme, y ya siempre me quedo mirando sólo uno, el derecho (aunque esto no tiene ninguna componente ideológica).

Ayer hablé con ella por primera vez, y al fin la conocí, o la reconocí, porque la he visto trabajando alguna vez en ese bar al que voy de vez en cuando (omitiré el nombre para que no vayáis en manada a intentar ligar con ella), mientras nos re-conocíamos su perfume embriagaba el aire -huele, como deben oler los ángeles- no podía dejar de pensar en lo intenso de su mirada, ni apartar la vista, en esta ocasión, de sus dos ojos a la vez, y cegarme por lo grandes que eran, rocosos y oscuros como lunas nuevas, y quedarme mirando alucinado como se mira la luna las noches más hermosas.

Hablamos de música, aunque yo en realidad quería hablarle de astros y satélites -y hacerme el intelectual a lo Leonard con Penny cuando ella se queda pasmada escuchándole cosas sobre el cosmos- para impresionarla lo necesario, hasta conseguir que me dejase ir adonde fuese el resto del día o de la estación.

Lo más curioso de todo es que anoche era noche de luna llena, con sus bandidos lorquianos de Sierra Morena acosándola por bares en los que anoche no pude encontrarla, aunque lo intenté, a riesgo de parecerle también un bandido de Sierra Morena, cuando nos hubiésemos encontrado.

Sólo me queda ir por el bar en el que trabaja alguna vez para solicitarle algún refrigerio y obtener un caballo de bandolero para rondarla cuando salga de fiesta,
            en la luna negra de los bandoleros...
de Sierra Morena.

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