sábado, 28 de octubre de 2017

Cigarrillos mentolados

Habla como si no hubiese pasado un sólo minuto de nuestros besos.
Y tengo muchas ganas de besarla.

Han pasado 6 años, le comento.

Fue hermoso, tuvimos cosas muy bonitas, dice.

Yo abro mucho los ojos, como acostumbro cuando algo me sorprende,
aunque esta vez, además, es para darle la razón. Y lo nota.

Me quedo en silencio mirándola,
maldiciendo que una boluda tuviera mi cabeza secuestrada aquel tiempo,
y no me entregara a ella como me pedía, pero eso me lo callo.

Me acuerdo de los cigarrillos mentolados, le digo.

Yo no fumaba más que de sus labios aquellas noches, en los únicos bares abiertos,
que a mí me parecían los mejores.
Ella fumaba cigarrillos mentolados y los compartía conmigo.

Lo explica White, muy científico, en un capítulo de Breaking bad,
el cerebelo, creo que explicaba, conecta nuestra memoria con los sentidos.

Aquellas noches frías como el Ártico,
casi olvidadas, yo recuerdo, el sabor de su tabaco mentolado,
y los besos desnivelados que me daba en la barra.

Y toda esta mierda hace que me sienta
jodidamente mal,
jodidamente solo.
Una soledad mayúscula,
rodeada de mujeres a las que me ligan otros recuerdos y besos,
embarazadas, o ya con niños que no son míos.


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