viernes, 17 de noviembre de 2017

Se gira, sin que pueda mirarle a los ojos, siempre que se marcha

Se gira, sin que pueda mirarle a los ojos,
siempre que se marcha.
Y miro su pelo,
la cara oscura de la luna;
su espalda,
nunca por mí explorada;
sus tobillos,
que, con sus pies, la llevan lo más lejos de mí
que son capaces;
sus piernas,
tantas veces enredadas en piernas,
que nunca fueron las mías.
Y el lugar misterioso en que su espalda y sus piernas se reúnen.

Se gira, sin que pueda mirarle a los ojos,
siempre que se marcha.
Y saboreo imaginariamente,
los besos que nunca me ha dado,
y que se lleva puestos por toda su boca,
sin que pueda desprenderlos,
y llevarlos a la mía,
llena de todos los besos que nunca le he dado,
que rebosa a veces,
dejándolos rotos por el suelo,
como cristales desamparados,
con los que termino por cortarme.

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